Mi amigo César me contó, en el camino de vuelta del colegio, un cuento —cien por cien oriental— que le había contado a su vez su profesor particular de dibujo: a un pintor japonés le habían hecho un encargo de una vista concreta de una playa a la caída del sol. El artista iba todos los días, se sentaba en el mismo sitio y a la misma hora y, simplemente contemplaba sin pintar. El comprador, al cabo de cierto tiempo le preguntó si ya lo había terminado a lo que el pintor le contestó que no, y que ni siquiera lo había empezado. Con reiteradas muestras de insistencia aquel señor perdía la paciencia ¡él quería ya su cuadro!
Cuando pasó un año sin que fallara un día a su cita contemplativa, —un año contemplando el ocaso en aquella playa—, en una sola jornada y en la soledad de su estudio, el artista pintó de memoria y a ritmo febril aquel paisaje único.
Yo me preguntaba —y no lo hacía por ridiculizar el cuento—, de qué viviría el japonés si pintaba un cuadro al año. También cabía la posibilidad, claro, de que los cobrase carísimos. A pesar de todo, el mensaje era nítido.
A mí me sucedía algo similar cuando estudiaba en mi cuarto. Cuando se ponía el sol, la experiencia estética me obligaba a dejar los libros: por la ventana, el muro del cuartel de enfrente se encendía en un naranja apoteósico que contrastaba con el azul intenso del cielo. Minutos después, la fiesta se acababa. El japonés pintó su encargo, pero yo…, yo me acordaba de aquel poeta de mi tierra cuando explicaba que poeta es aquel que es capaz de expresar con palabras lo que uno siente. El don del artista no se alimenta sólo de unas cualidades técnicas, sino sobre todo de su virtud de comunicar a los demás.
Pero para saber comunicar a través de la pintura, la primera condición es saber mirar. Ver no es lo mismo que mirar. Durante una clase de latín, en el «annus horribilis» de 2° de BUP, me había comprado un portaminas que a mí me parecía de calidad extrema. Me deleitaba observándolo en su totalidad: su color azul tan especial, su terminación en metal cromado, la mínima goma de borrar bajo el capuchón…, y la gutural voz del Matamoros (así se apellidaba el profesor) como hilo musical de fondo…
— ¡Qué, Valdés!, ¡¿le gusta el bolígrafo?!
Me llevé el susto del que pasa de un mundo a otro de golpe. Es el susto de los recién nacidos, el de los sobreviven a un accidente de coche.
—… ¿Que si me gusta?… («Me encanta», me hubiera gustado decirle, «Él sólo es mucho mejor que su aburrida clase…, y además, no es un bolígrafo sino un portaminas»)
— Pues, no sé… me limité a contestar, rojo como un tomate.
El Matamoros me sorprendió mirando mi portaminas, no viéndolo. Bravo por el Matamoros.

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