Quiero expresar alguna ideas sobre la Pintura a través de tres acontecimientos que me han pasado últimamente, para llegar a alguna conclusión de en qué consiste el proceso creativo. Quiero hablar del sufrimiento de pintar un cuadro, qué es lo que buscamos cuando pintamos, hasta dónde queremos llegar, cuándo se deja un cuadro y cuál es nuestro ideal de cuadro.

Primero

En estos días estoy leyendo un pequeño libro de Kierkegaard en el que comenta el texto del evangelio en el que el Señor habla de no estar agobiados con qué comeremos o con qué nos vestiremos: “mirad las aves del cielo y los lirios del campo”, que ni siembran, ni siegan ni hilan; a los primeros nunca les falta comida y los segundos, ni Salomón en todo su esplendor puede compararse a uno de ellos. En concreto, cuando habla de los lirios, Kierkegaard señala que ellos no se preocupan porque se conforman con ser lo que son, a diferencia del hombre, cuando no se acepta cómo es y comienza a compararse con los demás, lo que le supone una verdadera fuente de preocupación. Cuando estaba leyendo esta parte, interrumpí la lectura y me dirigí a mi jardín, allí busqué en la pradera que está delante de la puerta de ingreso la flor más perdida, la flor más silvestre que pudiera encontrar, y allí, en un rincón estaba una flor pequeñita, escondida entre las hojas, pétalos violetas que formaban un pentágono perfecto en el centro, como si un arquitecto lo hubiera diseñado, era una verdadera obra de arte.

Segundo

Cuando las dos grandes economías mundiales han comenzado a acusarse mutuamente del origen del virus, discutiendo si el Covid-19 habría sido producido artificialmente en un laboratorio, los expertos en virus, después de una investigación, han descartado que fuese artificial, y entre otras cosas el dictamen decía que era genéticamente demasiado imperfecto para ser artificial. Es decir, que si un laboratorio hubiese querido crear ese virus para provocar una pandemia, lo hubiera hecho sin las pequeñas imperfecciones que contiene el virus.

Esto me lleva a pensar en la imperfección que encontramos en la naturaleza, y que es precisamente esa imperfección lo que le hace auténtica. Es algo así cuando vemos una persona con una peluca o una flor de plástico, normalmente pensamos «es demasiado perfecto para ser natural». Podríamos hablar “de la imperfección de la perfección “, la creación, obra de Dios, contiene una dosis de lo que nosotros calificamos como cierta imperfección.

Tercero

Debo confesaros que soy un fanático de Paco de Lucía, el guitarrista. En esos días de reclusión por la pandemia, escuchando algún concierto suyo en YouTube, me encontré algún vídeo que hablaba de otro guitarrista, para mí desconocido hasta ese momento, llamado El niño Miguel. No tenía idea quién era y empecé a investigar para saberlo. Entre los Videos que hablaban de él, había uno que era un documental sobre su vida. Había sido un niño prodigio de la guitarra, pero se había criado en un ambiente familiar muy desarraigado, entre esta circunstancia y que padecía esquizofrenia, muy pronto cayó en la droga y fue arruinando poco a poco su vida y su talento. Sin embargo le dio tiempo a demostrar la gran capacidad creativa que poseía y a causar gran admiración por sus nuevos aportes a la guitarra flamenca. Reconozco que me produjo una gran compasión el personaje, y que sobre todo me gustaron dos frases que él mismo decía: “yo no he inventado nada, el único inventor es Dios”, y otra al final del documental, que parecía una despedida: “El único mensaje que dejo es que Dios nos bendiga a todos, y que no suframos mucho en lo que uno no sabe encontrar” El niño Miguel, admite con humildad, que el único creador, el verdadero creador, es Dios. Lo que nosotros, artistas, hacemos es intentar alcanzar la belleza, que es Dios, y mostrar a los demás su belleza (aunque no sepan que lo están haciendo), y esto requiere, por parte de los artistas, un esfuerzo por alcanzarla, que es una lucha no exenta de sufrimiento y llena de incertidumbre y por tanto de insatisfacción.

Y después de estas tres anécdotas, me gustaría hablaros de lo que apuntaba al inicio de este escrito: del sufrimiento de pintar un cuadro, qué es lo que buscamos cuando pintamos, hasta dónde queremos llegar, cuándo se deja un cuadro y cuál es nuestro ideal de cuadro.

En el ámbito artístico actual, en una sociedad descristianizada, hablar de belleza es no solo algo inusual, sino que está prohibido. Aunque la realidad es que los artistas siempre buscamos la belleza… Pero ¿qué es la belleza? Tolstoi, El escritor ruso, además de escribir novelas, tiene un ensayo titulado ”¿Qué es el arte?” en el que explica, haciendo un repaso sobre la historia de la estética, que las definiciones que se han hecho sobre qué es el arte, han fracasado porque se sustentaban en la idea de belleza, un concepto volátil que cambia en las distintas épocas. El arte, según él, debería no solo definirse alrededor del concepto de la belleza, sino también con la capacidad de comunicar al espectador.

A mí personalmente esta segunda característica me parece más inestable que el concepto de belleza, aunque agradezco a Tolstoi que subraye el aspecto espiritual del arte.

Y ahora quiero enlazar estas tres anécdotas con algunas ideas. Dios es la belleza y nos muestra algo de ella en la Creación. La acción de crear es sobre todo dar la existencia: lo que no era antes y ahora sí es. Y dentro del proceso de la Creación: otorgar la vida ¿Entonces en todas las cosas creadas hay belleza? Yo pienso que sí, hay cierto reflejo de la belleza de Dios, a veces más, a veces menos. ¿En una cucaracha también? Pues sí, y ni dentro de mil años de investigación ningún Silicon Valley podrá hacer artificialmente algo tan perfecto como ella.

“La imperfección de la perfección” de la Creación de la que hablaba antes, en la segunda anécdota, es la firma de Dios sobre cada cosa creada, es decir, cada objeto es único, no existen, ni existirán dos margaritas exactamente iguales.

Un pintor debe saber que nuestra búsqueda de la belleza es infinita, porque Dios es infinito. Que no se podrá saciar nunca en esta vida y siempre quedaremos insatisfechos. Que nuestras obras han de tener esa “imperfección de la perfección”, que es lo que llamamos el estilo personal. Y que lo más importante en el proceso creativo es imitar al Creador en su punto más alto, es decir, otorgar la vida. Pinturas bellas y vivas. Una persona perfeccionista desconoce todo esto y es propensa a la frustración.

Un cuadro en su primera fase es como una hoja marchita, el artista poco a poco le devuelve la vida aplicando los colores, buscando una perfección técnica hasta que llega un momento en que el cuadro comienza a vivir por sí mismo.

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