Me siento en mi sillita plegable a pintar un pequeño paisaje. Hay que salir del estudio para mirar la realidad. El mundo real, como la vida, supera con creces la ficción. La imaginación necesita a la realidad para desarrollarse; es la masa de la pizza, aunque pintes abstracción.

El sitio donde me siento no lo he escogido al azar, me estaba esperando desde que lo vi en aquel paseo…
Por un lado, soy un afortunado por mi trabajo y los demás me lo recuerdan con sus comentarios; pero el trabajo de pintor también es duro, como todos.

Ya está, he comprobado que me he traído hasta el trapo que se me olvidó la última vez. Miro al frente, valoro sin pintar, los colores, tonos, la luz…; pienso en la composición, en cómo situar los elementos en la pequeña tablita preparada con un color base: sobre el blanco no puedo pintar. Para un pintor el blanco es una luz alógena a dos centímetros de los ojos. Este momento previo es muy importante, se entabla un diálogo interno; hay pintores que, sin darse cuenta, llegan a hablar. ¿Qué? No, no es un acto puramente racional, la intuición acompaña a la razón y la memoria.

El arte tiene poderes electromagnéticos. Es sentarme a pintar y todos los que pasan se sienten atraídos, algunos lo disimulan y miran de soslayo; en el extremo están los que te acosan sin quererlo. Con el tiempo te llegas a acostumbrar. En una ocasión pude comprobar el alcance de este magnetismo: estaba pintando en los jardines del Alcázar de Sevilla y una japonesa me asedió con mil preguntas. Es de todos conocido, que un japonés, por su educación, es el último ser humano que entablaría una conversación en la calle con un extraño. Después de mi testimonio, ¿quién negará esta facultad del arte?

Ya mezclo los colores, yo uso pocos, porque si sólo la combinación de dos de ellos es infinita, si empleo muchos para mezclar me puedo volver loco; son formas de trabajar. A veces, para evitar el magnetismo y no distraerme, me coloco auriculares como si escuchara música. Es un truco. Cuando pinto, no soy de los de impacto, prefiero la aproximación: la ventaja de esto la marca la sugerencia. En un cuadro, una insinuación que hiciste al comienzo, se puede mantener, si conviene, hasta el resultado final.
Los momentos de auriculares, son el principio y la conclusión; empezar suele ser lo más costoso, pero la terminación es gozosa: me quedaría un montón de horas más, cuando ya son sutiles pinceladas que terminan de enriquecer, por ejemplo, una pared, la frondosidad de un árbol, el cielo… Cualquiera que viera el cuadro, diría: —»ya está ¿no?»; —“Pues no, no está: falta esto y esto otro…”

¿Cuándo se termina un cuadro? El final llega cuando una pincelada busca la fama, el efecto: destacar por encima de las demás desentendiéndose de la totalidad: es en ese instante cuando las demás pinceladas comienzan a protestar y se crea el conflicto…; pero todo tiene arreglo: hace su aparición la pacificadora: es transparente, apenas se nota, se coloca por encima de la famosa y todo se calma.

La pacificadora es la última pincelada del cuadro, la que marca el final.